La mosca dibuja espirales en la superficie de una copa de vino abandonada. El sol se
empecina en meterse en la habitación con su alucinante claridad. Hay ropas
desparramadas que aún modelan la forma que contuvieron antes de caer. Hay ceniceros,
copas, botellas, polvo sobre los muebles, libros que ignoran su inutilidad. Hay
sobre la cama un cuerpo de mujer...
Respira arrítmicamente. Hace una hora o seis que despertó. Corre de un lado a otro.
La mente que desanima ese cuerpo es un martillo. Pregunta. Trabaja con minuciosidad
la matería del sufrimiento.
El cuerpo y la mente de una mujer que se niega o aceptar su nueva situación: está
sola.
El contestador telefónico registra llamadas de amigos y de algún pariente que supone
que una gota de sangre en común le da derecho a comprender. La que no llega es la
voz de la única persona que le importa en el mundo.
Está sola. Trata de entender que se encuentra en un período natural de adaptación.
Es lógico que le cueste retomar el ritmo anterior a la llegada del hombre que se ha
marchado.
Es una mujer inteligente, pero algo se desgarra dentro de su cuerpo. Se pregunta
para qué y por qué y si fue verdad lo vivido junto al hombre que ya no está.
Como si la existencia fuese una pugna de equivocaciones y aciertos se interroga por
los errores cometidos.
Ama la música, pero la ha olvidado. La casa está en silencio. Sólo la claridad
empecinada hace un metálico sonido.
El cuerpo se ha sentado en la cama. Los restos de un batallado maquillaje dibujan
luces y sombras en su cara. Va al baño. Pasa sin interés delante de un espejo.
El cuerpo ha recuperado los movimientos mecánicos para ejecutar los miserables actos
cotidianos. Pero su mente continúa obsesiva en la tarea de sufrir. De no querer
dejar de sufrir para que algo de alguien no desaparezca del todo.
Las manos correspondientes al cuerpo de la mujer levantan las persianas y entra el
sol como una orquesta. Por un gesto de torpeza se vuelca una copa de vino.
La mosca sigue dibujando círculos en el vino derramado.
(Sbarra)
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